Para comparar, basta recordar este informe sobre las fuerzas que transforman la economía, los negocios, la tecnología, la sociedad y el mundo (publicado en agosto 2005).
Lo que caracteriza a este principio de siglo y de milenio es una diferente percepción del futuro. Ya no hay, como hace cien años una casi ilimitada confianza en el progreso y el bienestar de la especie humana (aunque los millones de víctimas de esa centuria dan testimonio en contrario de lo inocente de esa visión).
Lo que predomina hoy, tanto en las zonas más prósperas, pacíficas y democráticas del planeta, como en las asoladas por la violencia, la tiranía y la pobreza, es el reino de la incertidumbre sistemática.
Las tres grandes fuerzas sobre las que cabalga el cambio ¬el incesante avance tecnológico y científico, la dinámica de la economía capitalista, y la política de masas¬ comienzan a mostrar su lado oscuro, con aspectos negativos desconocidos o ignorados.
Sobre la ciencia y la tecnología hay dos reflexiones insoslayables. La primera es que la humanidad ha disminuido la confianza o la esperanza que ponía en ellas. La segunda es que cambió la visión interna: los mismos científicos ya no creen en la explicación final y definitiva de sus logros destinados a mejorar el destino del hombre. Las ideas de la ciencia, desde hace tres décadas, comenzaron a verse como paradigmas (en palabras de Thomas Khun): conceptos con límites y fundamentos a las creencias científicas.
También hay dos consideraciones imprescindibles con respecto al capitalismo. Una es que, a pesar del fracaso y hundimiento del comunismo, es difícil asegurar que el capitalismo ha triunfado (hay crisis de crecimiento, de empleo y de desigualdad en la distribución del ingreso). La otra es que la globalización implica que en la batalla por el reparto del poder económico mundial, los estados nacionales han quedado prácticamente excluidos; y que la fuente transformadora son los miles de empresas transnacionales en operaciones.
Por último, con relación a la política, más allá del espejismo de una marcha inalterable hacia modelos de democracia liberal parlamentaria en todo el mundo, lo cierto es que la tendencia igualadora en los beneficios económicos ha retrocedido en forma alarmante en las últimas dos décadas. Las nuevas energías políticas liberadas ¬tanto en el centro como en la periferia, para usar la vieja denominación¬ van en contra de salidas constructivas a las tensiones que emergen, violentas e imprevistas.
Cuando se trata de indagar qué forma tomará el futuro, es fácil recordar que todos los intentos por imaginar lo que vendrá suelen resumirse en fracasos. Sin embargo, la necesidad del ser humano de trascender los estrechos límites temporales de la existencia ejerce una irresistible fascinación sobre la tarea de predecir.
Tal vez el único esfuerzo sensato sea tratar de imaginar el comportamiento de las que hoy valoramos como fuerzas transformadoras y de los esfuerzos destinados a controlar esas mismas fuerzas.
La comprobación de que los principales problemas que confrontaremos son transnacionales exigirá el desarrollo de una efectiva coordinación internacional, de una disciplina planetaria que hoy parece casi imposible.
Quizá el capitalismo no sea eterno, pero no hay indicios de que pueda ser reemplazado a la brevedad. La esencia de su dinámica es la expansión perpetua y tal vez se logre canalizar esa fuerza hacia el mejoramiento de la calidad de vida de la humanidad, alejándola de aplicaciones amenazantes.
Por ahora, el riesgo más inminente es que la tecnología impulse un crecimiento extraordinario -si la frontera productiva se amplía de modo espectacular- pero distinto del que impulsaron el ferrocarril o el automóvil. Ambos crearon empleo; en cambio, las perspectivas imaginables para el futuro no encuentran solución para crear tasas de empleo adecuadas. Ello obligará a un replanteo profundo sobre lo que puede hacer y lo que se debe esperar del sector público, del Estado. Cuando los problemas económicos se acercan al borde del abismo, los criterios políticos se convierten en factor decisivo.
El futuro en tres dimensiones
Hace 2.500 años, cuando el campo del conocimiento estaba infinitamente más acotado que en la actualidad y los avances fundamentales de la humanidad se medían en términos de eras, el filósofo griego Heráclito sentenció que lo único permanente es el cambio.
Hoy lo comprobamos a cada momento: la evolución se ha vuelto tan vertiginosa como para reducir las eras a períodos temporalmente brevísimos.
La explosión tecnológica es permanente: casi a diario nos enteramos de la aparición de algún nuevo producto o servicio que permite transformar procesos y hábitos. Esa realidad genera en todos, pero muy especialmente en quienes producen y venden bienes y servicios, la necesidad de indagar y de pensar en tres dimensiones temporales: el presente, el futuro inmediato y el futuro mediato, que, paradójicamente, se inmediatiza cada vez más aceleradamente.
Es en este contexto que ofrecemos al lector esta investigación especial sobre las grandes tendencias que moldearán nuestro futuro. Megatendencias es un trabajo de Consumer Trends (del Grupo CCR), bajo la dirección de Guillermo Oliveto y de Mariela Mociulsky.
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