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Dossier

El Estado y el mercado

En las mayores economías del planeta –y en las principales emergentes– los Gobiernos utilizan activos económicos, mediante impuestos o imprimiendo moneda, para tomar control del sistema financiero global. El punto de partida es que quedó demostrado que el caos es de tal magnitud que los mercados no tienen capacidad de corregir el rumbo, por lo menos en un plazo razonable. Si se dejara librada la situación a esta dinámica, el resultado cierto sería el desastre. De ahí que todos los Gobiernos (incluso los más partidarios del libre mercado) decidieran usar todos los recursos económicos disponibles para evitar el desastre.

mié 1 de septiembre de 2010
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Faltan casi dos meses para que asuma Barack Obama. Mucho tiempo si se repara en la velocidad de la crisis. Igual que en la famosa depresión de 1930, un Presidente desacreditado ensaya su despedida, y el otro, electo, no tiene todavía autoridad. Sin contar con que ambas gestiones son de signo diferente, y que las posibilidades de concertación son prácticamente inexistentes, como lo demostró el infructuoso debate sobre los gigantes automotrices de Detroit.
Un interregno que puede tener consecuencias desastrosas. Cuando se repara en que apenas en cuatro días las acciones del Citigroup perdieron 50% de su valor, se percibe recién la importancia de cada semana. En los últimos tres meses, incesante anuncio de medidas y también inyección sustancial de fondos parecían calmar a los mercados, hasta que nuevos acontecimientos borraban el efecto positivo y hacían clamar por más medidas espectaculares.
Para los observadores más agudos, el temor es que se instale una deflación con efectos irreversibles y con vigencia por largo tiempo. Sin contar con que en el medio se podría presentar en quiebra un nombre emblemático de la industria estadounidense.
Mientras tanto, la Casa Blanca parece estar de vacaciones y el Secretario del Tesoro no logra despejar las dudas sobre el sistema financiero que pretende salvar (según el organismo regulador, hay otros 170 bancos en dificultades).

¿Hasta dónde se llegará?

Por su parte, la Reserva Federal, el prestamista de última instancia, está extendiendo su accionar y su responsabilidad ante la certeza de que es la única alternativa que puede dar respuesta inmediata.
Así, a finales de noviembre anunció que comprará US$ 600.000 millones en hipotecas extendidas por Fannie Mae y Freddie Mac, las dos organizaciones salvadas hace menos dos meses, para reducir el monto de las cuotas que deben pagar hoy los compradores de esas viviendas.
Por si fuera poco, destinará otros US$ 200.000 millones para respaldar activos y deudas vinculadas a tarjetas de créditos, compra de autos y pequeños préstamos comerciales. Es decir, que desde que comenzó el problema, ha comprometido US$ 1,5 billones (millones de millones), tres veces el actual déficit fiscal estadounidense. El cálculo más preciso es que todos los préstamos y activos registrados en los libros de la FED suman ya US$ 3 billones, tres veces el monto de septiembre pasado.
Sin reparar en la ortodoxia que observa silenciosa, la Reserva está dispuesta a inyectar más recursos si hacen falta para revivir el anémico sistema financiero.

El Estado y el mercado

En las mayores economías del planeta –y en las principales emergentes– los Gobiernos utilizan activos económicos, mediante impuestos o imprimiendo moneda, para tomar control del sistema financiero global.
El punto de partida es que quedó demostrado que el caos es de tal magnitud que los mercados no tienen capacidad de corregir el rumbo, por lo menos en un plazo razonable. Si se dejara librada la situación a esta dinámica, el resultado cierto sería el desastre. De ahí que todos los Gobiernos (incluso los más partidarios del libre mercado) decidieran usar todos los recursos económicos disponibles para evitar el desastre.
Ésta es la versión simplificada, y sin contagio de debate ideológico, de lo que está ocurriendo en Estados Unidos, en toda Europa, en Japón, y aun en economías diferentes como en China y el resto del sudeste asiático. Todos actúan porque hay que hacerlo, aunque no siempre hay consenso sobre lo que se requiere.
Hay tres visiones sobre lo que está ocurriendo con esta crisis financiera y económica global. La primera sostiene que ni el mercado ni el Estado tienen una solución. El escenario es tan grave que solamente mejorará tras un largo período de depresión. Desde esa lógica, comprometer recursos de los Gobiernos será ineficiente y, peor aún, prolongará la crisis. No hay manera, en esta mirada, de proteger a la economía real.
La segunda visión sostiene que quedó claro que el mercado es impotente para enfrentar este desafío, y que en cambio es el Estado el que puede articular recursos y esfuerzos para resolver la gigantesca crisis de liquidez. Para quienes respaldan esta línea de pensamiento, el sistema financiero creó una masiva crisis de liquidez, y aunque la economía está mucho más sana será afectada de modo dramático. Por eso –dicen– el Estado no debe vacilar en manejar el frente financiero.
Pero hay una tercera visión. La que sostiene que esta gigantesca movilización de recursos tiene un único fin y es el de salvar a las instituciones financieras de sus propios errores, de su imprudencia y aun de su avaricia. Las propuestas de quienes tienen esta mirada difieren. Unos creen que se puede restablecer la salud del sistema financiero sin rescatar a los culpables (léase, bancos). Y otros creen que la crisis será autocorrectiva sin necesidad de mayor intervención estatal, excepto por mejor regulación.


El impacto hasta 2010

Aunque las últimas iniciativas dieran resultado con relativa celeridad, el daño ya está hecho. El mundo desarrollado enfrenta una recesión que durará por lo menos 18 meses o más. Y los mercados emergentes no pueden salvarse de una desaceleración (que durará más o menos lo mismo, especialmente en mercados que dependen de la exportación de bienes al mundo desarrollado). Los mercados emergentes con fundamentals débiles podrían entrar en recesión rápidamente.
Los rescates no tienen un impacto inmediato y, al final, hace falta una gran intervención estatal para estimular demanda y confianza y así poder salir del pozo. Todas esas medidas necesitan tiempo para circular por el sistema.
El mundo entero está empantanado en una contracción global del crédito y llevará tiempo superar la caída de la confianza. Por lo tanto, esta vez la recuperación para la mayoría de los mercados emergentes tomará más tiempo que en el pasado.
El empresario que opere en firmas que dependen del consumo privado no debería esperar una recuperación rápida por varias razones:
• el consumidor promedio no está de humor para gastar y hace falta tiempo para cambiar el sentimiento negativo y recesivo (mínimo un año y en algunos mercados más tiempo);
• en estos momentos ese consumidor (especialmente en Estados Unidos) afronta mayores costos por su hipoteca y otros créditos que le están obligando a reconsiderar cuánto gasta en cosas no esenciales (podría estar cambiando hacia marcas todavía más baratas);
• está sintiendo los últimos aumentos de precios que afectan su presupuesto familiar;
• si ha invertido en mercados de capitales, probablemente vendió en pánico y ahora se siente más pobre (esto rige especialmente para Estados Unidos);
• el consumidor mira las noticias y teme perder su trabajo y eso moldea su conducta y patrones de gasto.
Si, en cambio, dependiera de la venta de bienes de consumo durables, allí es donde ocurrirá la mayor caída. Muchos de esos productos son percibidos como compras no esenciales (la gente puede demorar el reemplazo del auto o del televisor) y el costo es alto.
Para los que actúen en el mercado inmobiliario, habrá estancamiento y el dinero será más difícil de conseguir y será más caro que hasta ahora.
Los empresarios que centran su actividad en negocios con el Estado, pueden tener distinta suerte. Los Gobiernos ortodoxos –si quedan algunos– intentarán recortar su gasto para mantener equilibrio fiscal. Los demás seguirán la receta keynesiana aunque no parezcan estar preparados para ello (como el caso del gobierno argentino), e impulsarán obra pública que genere empleo y consumo.
La actividad del business to business, o empresas que le venden a otras empresas, se resentirá en forma notoria. Caerá a pico la compra de nuevos equipos y maquinarias.
Por algún tiempo, los flujos de inversión extranjera directa se contraerán en parte porque las compañías cuestionarán la idea de expandir su capacidad en un momento de demanda débil. Por otro lado, algunas firmas con mucho efectivo buscarán oportunidades de compra.
Las multilatinas regionales que han ocupado un espacio en el escenario internacional, se verán forzadas a retraerse provisoriamente.
Aquellos mercados emergentes que tengan grandes reservas en divisa extranjera y no tengan problemas de déficit de cuenta corriente o deuda externa podrían recuperarse antes que los demás. Tal vez no se vean obligados a implementar políticas fiscales y monetarias más rígidas y eso les permitiría seguir gastando (no a la velocidad de antes, pero a buen ritmo).
A los mercados que dependen de la exportación de bienes durables o industriales al mundo desarrollado (gran parte del Asia emergente, parte de Europa central o México) les llevará más tiempo recuperarse, aunque tengan importantes reservas o ahorros nacionales.
Los mercados que dependen de los precios de los commodities (gran parte de América latina) verán una desaceleración porque los ingresos derivados de las materias primas no son tan fuertes como a principios de este año debido a precios más bajos. Es difícil imaginar que los commodities vuelvan a experimentar una burbuja considerando que la demanda será más débil por lo menos durante los próximos dos años.

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