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Dossier

El rescate financiero más grande de la historia

No tiene mucha importancia si esta crisis global es igual o peor a la de 1930. Son economías, finanzas y mundos muy diferentes para hacer comparaciones lineales. Lo único cierto es que es una situación excepcional de extraordinaria gravedad, que plantea dudas angustiosas sobre el futuro inmediato, que dinamita todas las ideas ortodoxas sobre intervención del Estado y salud del capitalismo, y que muestra en forma inequívoca que ya no existe más la pretensión de un mundo unipolar.

mié 1 de septiembre de 2010
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Por lo pronto, mientras el Gobierno estadounidense se coloca en el centro de la crisis financiera diseñando planes para adquirir cientos de miles de millones de dólares en hipotecas malas, surgen dos preguntas: ¿alcanzará esta intervención para restaurar el orden?, ¿cuánto costará este gran rescate a los contribuyentes?
Lo impensable hasta hace poco –un Gobierno asumiendo gran parte de la deuda mala del sector privado– se ha convertido en lo inevitable.
Por otra parte, el viejo debate entre los ortodoxos que dicen que en el capitalismo el que las hace las paga (que quiebre todo el que se equivocó) y quienes suponen que los excesos deben ser resueltos aunque sea a costa de mayor intervención y regulación, se saldó –otra vez– a favor de estos últimos.
Pero el gigantesco rescate en curso es extraño para el país abanderado del libre mercado a ultranza y del capitalismo en estado puro. Washington no sólo dio la espalda a décadas de retórica sobre las virtudes del mercado libre y los peligros de la intervención estatal, sino que probablemente además haya comprometido los futuros esfuerzos del país para fomentar esas políticas en el extranjero.
Es la paradoja de un gobierno republicano que propicia las tesis de libre mercado haciendo cosas que jamás habría soñado hacer ni el gobierno demócrata más liberal.
Otra institución, como la poderosa Reserva Federal ha tenido que estirar sus límites, tanto en cuanto al tipo de problemas que se le pide que solucione como a su potencial de ataque financiero. De la noche a la mañana se convirtió en Fed Sociedad Anónima, al hacerse prácticamente cargo de la deuda de American International Group luego de asumir cientos de miles de millones de dólares en títulos hipotecarios para ayudar a instituciones financieras en peligro.
El gran tema es la percepción de la realidad. El problema que surge al tratar de separar percepción de realidad en la crisis de confianza que ataca las finanzas globales es que la percepción es el gran factor que está moldeando la realidad, como lo demuestra un coro de voces del frente financiero.
No hay base racional para los movimientos de los activos o de los márgenes de incumplimiento de los créditos. ¿Qué está pasando? Hay un mercado controlado por el miedo y los rumores, y los especuladores están diluyendo los activos.

La hora de la intervención
Hay una sola nota positiva en este panorama: las tasas de interés de las hipotecas cayeron bruscamente desde que el Gobierno federal se hizo cargo de Fannie Mae y Freddie Mac y garantizó su deuda. Y allí hay una lección para todos los que quieran escucharla: las tomas de control de los Gobiernos tal vez sean la única manera de volver a poner en funcionamiento al sistema financiero.
No es de ahora esta idea. Recientemente, Paul Volcker, ex presidente de la Reserva Federal, y otros dos veteranos de crisis financieras anteriores, publicaron una columna en The Wall Street Journal donde declaran que la única manera de evitar “la madre de todas las contracciones crediticias” es crear un nuevo organismo estatal que “compre todo el papel malo”, es decir, que los contribuyentes asuman los malos activos creados por el estallido de las burbujas inmobiliaria y crediticia.
Para las voces que reclaman más regulaciones, primero una advertencia: es difícil, como dice Megan McArdle de The Atlantic, creer que esas reformas tengan que ver con el alza de los precios de las viviendas, la marea de inversiones extranjeras que alimentó la burbuja de crédito y la creación global de nuevos y complejos instrumentos financieros para fijar precios y distribuir riesgos.
Es decir, hubo algo mucho más grave que un grupo de reguladores partidarios del laissez-faire que durmieron la siesta.
Una curiosidad es que el plan para comprar US$ 700.000 millones en activos malos con dinero de los contribuyentes fue diseñado por dos hombres que sólo se habían conocido dos años antes y no se movían en los mismos círculos, pero que ahora la historia los reunía. Si Ben Bernanke (titular de la FED) es la fuerza intelectual y Henry Paulson (secretario del Tesoro) el hombre de acción de este improbable tándem, ambos se las ingeniaron para crear una sociedad prácticamente sin fisuras en su apuro por detener el caos financiero y mantener a flote la economía.
Para tener una idea de las dimensiones del operativo, baste recordar que un gasto de US$ 700.000 millones sobre los activos hipotecarios malos sería aproximadamente lo que el país ha gastado hasta ahora en costos directos por la guerra en Irak y más de la totalidad del presupuesto anual destinado al Pentágono. Dividido por habitante, significaría más de US$ 2.000 por cada hombre, mujer y niño en Estados Unidos.
Lo que sea que se gaste se sumará al déficit presupuestario ya proyectado de más de US$ 500.000 millones para el año próximo. Y se suma también a los US$ 85.000 millones del rescate que paga el Gobierno para la aseguradora American International Group (AIG), y a un plan para gastar hasta US$ 200,000 millones para apuntalar las financieras Fannie Mae y Freddie Mac, además de varias inyecciones de cash, millonarias, que hizo la Reserva Federal en su intento de estabilizar los mercados.

Pronósticos, lamentablemente, acertados
Para muchos estadounidenses (y para la mayoría de los habitantes del planeta), la crisis estalló en los primeros días de septiembre pasado. Para algunos analistas y observadores atentos, todo lo que ocurrió fue la materialización del desastre sobre el que venían alertando.
Para los medios de comunicación, fue una zambullida espectacular en el corazón del desastre. Todos los títulos acaparados por una crisis que 30 días antes no merecía espacio ni mención.
Algo parecido ocurrió entre nosotros. Y sin embargo los síntomas estaban ahí.
Hace casi tres años, en noviembre de 2005 (ver edición 1052, página 32) apareció en Mercado un artículo titulado “Detonadores para la próxima crisis” donde se desarrollaba una lista de siete “detonadores” entre los que se destacaba la burbuja inmobiliaria con centro en Estados Unidos y dimensión global.
En ese momento, The Economist, citado en la misma nota, señalaba que nos encontrábamos frente a la burbuja especulativa más grande de la historia, muy superior a la burbuja bursátil que la había precedido hacia fines de los años 90. En el origen del fenómeno se encontraba la política anti recesiva de Bush apoyada en una masa de créditos baratos.
Hacia 2005, esto había llevado el valor total de las viviendas residenciales en Estados Unidos a unos US$ 15 billones (millones de millones) contra US$ 7 billones siete años atrás. La nota estimaba que la “burbuja” (sobrevaluación de esos activos) rondaba los US$ 3 billones “que podrían esfumarse de un día para otro... y [que] si llevamos ese cálculo a escala mundial oscilaría entre US$ 5 y 6 billones”, para concluir: “Para entender el fenómeno, debemos retrotraernos a los años 70 cuando se inició un proceso de ‘financierización’ global que en los 90 recorrió una sucesión de estallidos de burbujas: Japón al iniciarse la década, Asia del Este en 1997, Rusia en 1998, Estados Unidos en 2000. Cada desinfle fue sucedido por un globo de mayor magnitud que el anterior, pero la sucesión está arribando ahora a una altura que hace imposible su control”.
Poco antes, en septiembre de 2005 Mercado publicó otro artículo titulado “¿Hacia una crisis energética global?” con el subtítulo: “La irresistible suba del precio del petróleo”, que a lo largo de ese mes rondaba los US$ 65. Anunciaba su marcha hacia los US$ 70 y era razonable pensar que antes del fin de la década llegaría a US$ 100 para luego alcanzar niveles más altos.
Otro pronóstico no menos polémico que los dos anteriores fue desarrollado tanto en ese artículo como en otros publicados en 2006. En “Detonadores de la próxima crisis”, con la firma de Jorge Beinstein, además de la burbuja inmobiliaria como expresión de un ascenso especulativo sin precedentes, se señalaban los desajustes financieros crónicos y crecientes (déficit del balance de pagos, déficit fiscal), la declinación del saldo neto de ingresos de inversiones externas, la caída gradual del dólar, etc., que convertían a Estados Unidos en un gigante enfermo. A ello se agregaban el creciente endeudamiento público y privado, el descenso persistente del ahorro personal y la cada vez mayor concentración de ingresos en medio de un consumismo desenfrenado.
El paralelo histórico con otras naciones dominantes en decadencia resultaba inevitable.
En esa nota y más adelante en “El juego euroasiático” (Mercado, diciembre de 2005, edición 1053, página 42) y en “Todo empezó en Shangai. El súper gigante inesperado” (Mercado, agosto de 2006, edición 1061, página 58), se hacía referencia al empantanamiento de la ofensiva político-militar estadounidense en Eurasia después de las invasiones de Afganistán e Irak. Y cómo dicho fracaso le abría el espacio a China y Rusia que se estaban convirtiendo en el eje de un gigantesco reagrupamiento regional de Estados grandes, medianos y pequeños: la Organización para la Cooperación de Shangai, que reducía la influencia de Estados Unidos. En su interior se destacaba un triángulo estratégico formado por Rusia, China e Irán.
La era de la despolarización (o de la multipolaridad flexible) había comenzado.
Ese anuncio que parecía demasiado osado en 2005 e incluso en 2006, ahora ha pasado a formar parte de las reflexiones habituales sobre política y economía internacional.
Obviamente, el futuro no tiene un solo camino sino varios, más allá del grado de estabilidad o turbulencia del presente, el desarrollo de la racionalidad permite esbozarlos, jerarquizarlos, para a partir de allí tomar decisiones.


George Bush

La advertencia de Roubini
La mejor descripción de la actual crisis, aún sin final a la vista, data de hace siete meses. A principios de marzo pasado, el economista Nouriel Roubini advertía, en un artículo publicado en un diario canadiense, sobre la dimensión de la “pandemia financiera” que teníamos encima.
Decía Roubini:
“Durante meses, los economistas han debatido si Estados Unidos se encamina hacia una recesión. Hoy, ya no hay duda. La severa contracción de liquidez y crédito derivada de la debacle de las malas hipotecas (subprime) ya está alcanzando a los grandes mercados de crédito, el barril de petróleo a US$ 100 está presionando a los consumidores y el desempleo sigue subiendo. Y con el mercado inmobiliario haciendo agua, los estadounidenses descapitalizados ya no pueden seguir usando sus casas como cajeros automáticos para financiar sus orgías de compras. Es hora de enfrentar la verdad: la economía estadounidense ya no lucha simplemente contra una gripe; ahora está en las primeras etapas de un doloroso y persistente ataque de neumonía”.
Es obvio que en años recientes, la economía global ha estado desequilibrada, con los estadounidenses gastando más de lo que ganaban y el país acumulando un déficit externo fenomenal. Cuando el año pasado llegaron los primeros titulares sobre la crisis hipotecaria, los observadores esperaban que el resto del mundo tuviera suficiente impulso de crecimiento y demanda interna para protegerse del bajón en Estados Unidos. Pero compensar la menor demanda de Estados Unidos –como recuerda Roubini– va a ser difícil, sino imposible. Los consumidores estadounidenses gastan casi US$ 2 billones (millón de millones) al año. Compárese con los consumidores chinos, que gastan aproximadamente US$ 1 billón al año, o los consumidores indios, que gastan sólo US$ 600.000 millones.
Hasta en acomodados hogares europeos y japoneses, el menor crecimiento de ingresos y las inseguridades sobre la economía global han hecho que los consumidores ahorren en lugar de gastar. Mientras tanto, países como China dependen de las exportaciones para sostener su alto crecimiento económico. De manera que hay pocas razones para creer que los compradores globales vayan a compensar la contracción de la demanda de los consumidores estadounidenses, cuyo gasto ya comenzó a caer.
Como Estados Unidos es una parte tan grande de la economía global –representa casi 25% del PBI mundial, y un porcentaje todavía mayor de las transacciones financieras internacionales– hay verdaderas razones para temer que un virus financiero estadounidense pudiera marcar el comienzo de un contagio económico global. Puede no derivar en una recesión mundial, pero por lo menos, otras naciones deberían esperar también agudas caídas económicas.

Menos importaciones
¿Cómo pasará? Si caen la producción y la demanda en Estados Unidos –algo que por definición ocurre en una recesión– la caída resultante en consumo privado, producción y gasto de capital de las empresas llevaría a una reducción en la importación de bienes de consumo, de capital, commodities y otras materias primas provenientes del extranjero.
Las importaciones estadounidenses son las exportaciones de otros países, además de una parte importante de su demanda total. Entonces, semejante escenario significaría, también, una reducción del crecimiento económico de esos exportadores. Varias economías importantes –entre las que figuran Canadá, China, Japón, México, Corea del Sur y gran parte del sudeste asiático– dependen fuertemente de sus exportaciones hacia Estados Unidos. China, en particular, peligra porque una parte muy importante de su crecimiento anual (de dos dígitos) ha dependido hasta ahora del aumento de sus exportaciones a Estados Unidos. Si los estadounidenses dejan de comprar, ¿adónde irían los productos chinos?
Estados Unidos tampoco es el único país que experimentó un desinfle en los precios de la vivienda: en Gran Bretaña, Irlanda y España también se advierte una tendencia descendente en el valor de departamentos y casas. Entre los países con menores burbujas inmobiliarias, aunque igualmente importantes, figuran Francia, Grecia, Hungría, Italia, Portugal, Turquía y las naciones bálticas. Países como Australia, China, Nueva Zelandia y Singapur tuvieron burbujas más modestas. Hasta hubo un boom inmobiliario en algunas partes de India. Inevitablemente, esas burbujas se romperán, cuando la contracción del crédito y las mayores tasas de interés las vayan perforando, lo cual llevará a una caída de la actividad económica interna para algunos y a una recesión lisa y llana para otros.
Los precios altos de los commodities no van a durar mucho. Eso es porque una desaceleración de las economías en Estados Unidos y China –las dos locomotoras del crecimiento global– provocarán una aguda caída en la demanda de commodities como petróleo, energía, alimentos y minerales. La resultante caída en los precios de esos commodities dañará las exportaciones y la tasa de crecimiento de los exportadores de productos primarios en Asia, América latina y África.
Las consecuencias del desastre de las hipotecas subprime en Estados Unidos ya se han traducido en una severa contracción de liquidez y crédito en Wall Street. Eso, a su vez, se derramó sobre los mercados financieros en otras partes del mundo. Este contagio financiero es imposible de contener. Una enorme porción de los títulos de alto riesgo que ahora colapsaron –como los títulos hipotecarios residenciales y las obligaciones colaterales de deuda– fueron vendidos a inversores extranjeros. Por eso es que las pérdidas financieras provocadas por el no pago de las hipotecas en ciudades de Estados Unidos como Cleveland, Las Vegas y Phoenix ahora aparecen en Australia y Europa y hasta en pequeños pueblos de Noruega.
Los optimistas pueden creer que los bancos centrales pueden salvar al mundo de los dolorosos efectos secundarios de una recesión en Estados Unidos. Podrán señalar la recuperación mundial de la recesión de 2001 para explicar esa esperanza. En aquel entonces, la Reserva Federal de Estados Unidos recortó las tasas de interés de 6,5% a 1%, el Banco Central Europeo bajó su tasa de 4% a 2% y el Banco de Japón bajó la suya a cero. Pero hoy, la capacidad de los bancos centrales para usar herramientas monetarias para estimular sus economías y calmar el efecto de una desaceleración global está mucho más limitada que antes. Los bancos centrales no tienen las manos tan libres; están limitados por mayores niveles de inflación. La Reserva Federal está otra vez recortando las tasas de interés, pero debe preocuparse por la posibilidad de que una caída desordenada del dólar pueda llevar a que los inversores extranjeros decidan dejar de financiar las enormes deudas estadounidenses. Un dólar débil es un juego de suma cero en la economía global; puede que beneficie a Estados Unidos, pero daña la competitividad de crecimiento de sus socios comerciales.
Estados Unidos –finalizaba Roubini– afronta una crisis financiera que se extiende más allá del problema de las hipotecas hacia áreas de la vida económica donde la Fed no llega. Los problemas económicos del país ya no son simplemente no tener dinero suficiente a mano; son problemas de insolvencia, y la política monetaria no está equipada para solucionarlos.


Benjamin Bernanke

Las posibilidades de la Fed
El balance de la Fed, además, está siendo estirado de formas que parecían inimaginables hace un año. Apenas hace tres meses, todas las reservas del banco central –unos US$ 800.000 millones para entonces– estaban convertidas en bonos del Tesoro.
Pero la semana pasada, los bonos de la Fed se habían reducido a poco más de US$ 300.000 millones. El grueso de sus activos estaba en forma de préstamos a bancos y bancos de inversión, que habían comprometido títulos de alto riesgo como garantía.
Dando una señal de hasta qué punto se habían reducido las reservas disponibles de la Fed, el Departamento del Tesoro vendió en la tercer semana de septiembre miles de millones de dólares en “títulos suplementarios especiales de la Tesorería para proporcionar efectivo adicional a la Fed.

El paquete de rescate
Finalmente, la administración Bush propuso formalmente al Congreso el 20 de septiembre pasado lo que podría convertirse en el mayor salvataje financiero en la historia de Estados Unidos, solicitando total autoridad para que el Departamento del Tesoro compre US$ 700.000 millones en activos hipotecarios.
La propuesta, redactada en menos de tres páginas, sorprendió por su cruda sencillez. Elevaría el techo de la deuda nacional a US$ 11,3 billones. Y no pondría restricciones a la administración más allá de requerirle informes semestrales al Congreso; por otro lado, le otorga al secretario del Tesoro un poder sin precedentes para comprar y revender deuda hipotecaria.
El ambicioso esfuerzo de transferir las deudas malas de Wall Street, al menos temporalmente, a las obligaciones del contribuyente estadounidense fue presentado por la administración luego de hacerse evidente que la serie de intervenciones para ayudar a las empresas privadas en aprietos no podrían impedir el crash de los mercados financieros internacionales.
Destacados legisladores demócratas han dicho claramente que quieren incluir en la legislación por lo menos alguna cláusula que asegure que la administración usará su nuevo rol de propietario de grandes cantidades de deuda hipotecaria para salir en ayuda de cientos de miles de tomadores de préstamos en peligro de perder sus propiedades.

El gran apostador

En una dolorosa semana en Wall Street, una de las pocas personas en el mundo financiero que tuvo algo que celebrar fue Bill Gross, de Pimco, el mayor fondo de deuda del mundo.
Hizo la más grande apuesta en las cuatro décadas de su carrera financiera al poner la mayor parte de fondos que gestiona Pimco –unos US$ 132.000 millones– en bonos hipotecarios de Fannie Mae y Freddie Mac. Como otros inversores se abstuvieron, él acaparó todas las hipotecas en la creencia que sobrevivirían a la crisis inmobiliaria y los dos gigantescos prestamistas hipotecarios serían rescatados por el Gobierno de Estados Unidos. Acertó. Sus inversionistas también tienen algo que celebrar, pues Pimco (Pacific Investment Management Co.) subió 9% en el último año.
La posición de Gross –contraria a los dictados de la intuición–no fue asumida tomando como base a Wall Street. Pimco, el fondo de inversión que fundó a principios de los 80, está en un pequeño edificio de oficinas en un centro comercial en Newport Beach, cerca de Los Angeles. Tampoco es una persona dada a las exuberancias, aunque ha convertido a Pimco en una de las más prestigiosas administradoras de renta fija del mundo.
Nacido en 1944 en Middletown, un pueblo acerero del medio oeste, su padre Sewell “Dutch’’ Gross, trabajaba en Armco como ejecutivo de ventas y su madre, Shirley, es ama de casa. Su familia se mudó a San Francisco cuando tenía 10 años. Se graduó en psicología en la Duke University. Después de pasar un verano en el Harrah’s Casino en Lake Tahoe, Nevada, lo dominó una fascinación por el juego. Luego de graduarse, hizo algún dinero jugando blackjack 16 horas al día en Las Vegas. En 1966 se enlistó en la marina luego de intentar sin éxito convertirse en piloto de guerra. Peleó en Vietnam durante dos años, antes de usar sus ganancias de juego para anotarse en un MBA en la universidad de California. Terminó con un empleo como analista de crédito en Pacific Mutual Life Insurance Company en 1971, pasando a la administración de bonos activos justo cuando la actividad comenzaba a ponerse en boga.

Para profundizar

Claves de un plan cuyos costos finales eran –y son– todo un misterio
http://www.mercado.com.ar/mercado/vercanal_nota.asp?id=357997

Wall Street rebota por contrapropuesta legislativa de rescate
http://www.mercado.com.ar/mercado/vercanal_nota.asp?id=357994

Fuera de EE.UU., algunos bancos querían entrar al frustrado rescate
http://www.mercado.com.ar/mercado/vercanal_nota.asp?id=357992
Goldman Sachs: Warren Buffett le tira US$ 10.000 millones
http://www.mercado.com.ar/mercado/vercanal_nota.asp?id=357980

Fondos de cobertura: sus días de brillo van quedando atrás
http://www.mercado.com.ar/mercado/vercanal_nota.asp?id=357961

Cuatro rescates y una ola eufórica no alivian la crisis de iliquidez
http://www.mercado.com.ar/mercado/vercanal_nota.asp?id=357918

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