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Dossier

{Energía} Alemania apuesta fuerte a las energías alternativas

El país líder de la Unión Europea plantea reducir emisiones de efecto invernadero implementando un ambicioso plan: reemplazar la energía nuclear con turbinas y paneles solares. Su economía altamente industrializada, ¿lo aguantará?

jue 26 de julio de 2012
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 Energía virtual


Si es cierto que la organización vence al tiempo tal vez la computación sea la solución a los problemas de energía alemanes. Se estima que hoy la cantidad de turbinas y paneles solares servirían para proveer de energía a las industrias y a los ciudadanos si solo existiese una manera de unirlos a una red inteligente que distribuya la energía de manera eficiente.

Las plantas de energía virtual estarían controladas por software que maneja las diferentes fuentes de energía, especialmente las más pequeñas. La meta es que muchas de estas plantas puedan construir una red para coordinar la salida de energías renovables a los diferentes servicios. Aunque los expertos indican que llegar a ese punto de organización podría llevar décadas, compañías importantes como General Electric están convencidas de que la revolución energética tomará el camino de la descentralización. “El mercado del futuro será fragmentado”, dicen. En el pasado las compañías de servicios tendían a ser centralizadas y oligopólicas. Hoy en Alemania hay 350 compañías que producen energía y podrían ser millones a medida que más personas tengan acceso a los paneles solares. La clave no está en la generación de nuevas fuentes de energía, sino en crear mecanismos para almacenar y distribuir las existentes.

La paradoja del consumo de energías fósiles

En esta cruzada del Estado alemán por transformar su consumo de energía y reducir las emisiones no fueron pocos los sorprendidos cuando Angela Merkel decidió cerrar ocho plantas nucleares y anunciar el cierre de las nueve restantes hacia 2020. Esta decisión va a contramano de la Energiewende porque, en el costo plazo, aumenta el consumo de combustibles fósiles. También pone en peligro la sustentabilidad de poblaciones enteras que dependen de las plantas nucleares para vivir.



 Muchos dicen que la decisión ha sido drástica y que es caprichoso querer reducir el consumo de combustibles fósiles y, al mismo tiempo, eliminar de un saque la mayor fuente de energía “limpia” que tiene el país. Las repercusiones, dicen algunos de los involucrados en el plan original, podrían durar décadas.

Otro problema es que los incentivos fiscales no son suficientes. No hay políticas de recompensa para reducción de emisiones de dióxido de carbono y los paneles solares, por ejemplo, pagan más impuestos que las energías tradicionales. Si el foco fuese reducir emisiones más dinero fluiría hacia esa área. Los subsidios actuales no incentivan la innovación sino que hacen a las energías tradicionales más redituables.

Para algunos economistas la política energética alemana está patas para arriba, especialmente porque las fuentes de energía renovable todavía no pueden hacerle frente al ritmo de consumo actual de las sociedades modernas. Cerrar las plantas de energía nuclear, dicen, fue una movida controversial porque no existe todavía una energía que pueda reemplazarla sin producir emisiones dañinas. La consecuencia – que las fábricas decidan mudarse a lugares con energías más baratas y eficientes- podría ser fatal para la industria que vería reducido su tamaño y, por lo tanto, la cantidad de puestos de trabajo disponibles.

La política, sin embargo, circula por un camino más optimista. El costo cada vez menor de los paneles solares hace que la energía solar sea cada vez más competitiva, una buena noticia para los planes de Angela Merkel y el Estado Alemán. Los costos de las baterías que ayudarían en el almacenamiento de energía podrían seguirle en breve. Si los costos de energías no renovables siguen subiendo, la opción alemana podría volverse cada vez más atractiva.

El futuro, dicen, es de quienes se preparan para él hoy. Con los incentivos adecuados y una inversión que siga un esquema estratégico, los avances tecnológicos podrían llegar más temprano que tarde, poniendo a Alemania en la vanguardia de la transformación energética del siglo 21.



 De alguna manera el experimento alemán --poder traccionar su economía con energías alternativas que no incluyan la nuclear- podría servir como ejemplo para el resto de Europa. Gracias a su poderío económico podría poner en marcha planes a gran escala para reducir su dependencia de la energía fósil sin comprometer su industria. Aunque los resultados son inciertos, una cosa es segura: Alemania se está presionando a si misma para producir energías más limpias y abrir el camino a la innovación tecnológica que regirá este siglo.

Para lograrlo los mayores jugadores de la industria energética están probando diferentes estrategias. Para reemplazar la energía nuclear se están instalando granjas de viento en la costa del mar del Norte. Pero al mismo tiempo empresas como Siemens y General Electric están pensando en maneras de hacer más eficiente el proceso para las industrias en épocas en las que las turbinas y paneles solares no den abasto para abastecer la demanda. La clave: nuevas formas de almacenamiento, más baratas y potentes.

El costo alto de un plan incierto

Aunque no se sabe todavía cuánto costará esta transición, la cifra dependerá mucho de qué tan rápido estas nuevas tecnologías aparezcan y puedan implementarse a gran escala. Sin embargo existen ya algunos estimativos: rondará entre US$ 125.000 mil y US$ 250.000 millones durante los próximos ocho años solamente lo que representa de 3,5 a 7% del PBI. A largo plazo los costos serán mayores, especialmente si se tienen en cuenta los costos de desarticular plantas nucleares.

No hace falta ir tan lejos: los costos de la revolución energética ya se sienten en los bolsillos de los consumidores. Las boletas de electricidad aumentaron 15% debido al recargo por consumo de energías renovables y 10% más desde que se cerraron las plantas nucleares.



A pesar de estos costos Alemania se beneficiaría como ningún otro del éxito de este experimento. El la última década el país intentó hacerse más verde incentivando no solo turbinas y paneles solares sino también creando mejor tecnología para hacerlo posible. Hoy la industria verde vale US$ 12.000 millones y podría crecer muchísimo más. El know-how es algo que Alemania puede vender a muy bien precio. Además, de tener éxito, podría servir como ejemplo para otras naciones que sentirán la presión, cada vez más, de transformar su consumo energético.


Pero el experimento podría salir mal. La mayor parte de la energía hoy se obtiene en las costas, gracias a transformadores de 500 megawatts que recolectan energía eólica a 90 kilómetros mar adentro. Ahora las empresas quieren ir más allá, a 160 kilómetros de la costa. El problema es que el costo de llevar esa energía del mar al sur del país, donde está la mayoría de las fábricas, aumentaría aún más los costos. Se necesitarán 3.800 kilómetros de cables y solo 200 se han construido. La carencia de centros de almacenamiento propicia el desperdicio: en los días de mucho viento los granjeros mencionados más arriba tienen que apagar las turbinas porque no saben cómo guardar la energía. Estas cuestiones no aumentan la confianza en el proyecto revolucionario.

Y sin energía que sea barata y fiable toda la economía alemana podría ponerse patas para arriba, y con ella, toda Europa. Por estos problemas ya son un puñado las empresas que han decidido mudarse a otras regiones: la química Wacker Chemie hizo lo suyo en Tennessee.

Para evitar una catástrofe, Alemania tendrá que crear grandes centros de almacenamiento de energía e implementar estrategias de consumo a gran escala. El uso de baterías, por ejemplo, es eficiente pero caro y otras tecnologías que están siendo desarrolladas tardarían años en implementarse.



La historia detrás de cómo Alemania logró que 20% de su electricidad provenga de fuentes alternativas en 2011 lleva, irremediablemente, a las pequeñas granjas del norte del río Rhin. Allí son muchos quienes han complementado sus tareas agricultoras con las de expertos en energías alternativas. En esos lugares empresas de energía eólica y solar han invertido en turbinas y paneles solares, otorgándoles a los dueños de las granjas 6% de las ventas de energía. Para algunos de ellos eso significa un ingreso adicional de US$ 9.500 al año por turbina, una suma nada despreciable pero que podría aumentar aún más (hasta US$ 2 millones) con la adición de paneles solares.


Para ellos pasar a ser “verdes” no ha sido nada difícil: el incentivo estatal ha ayudado a que pequeñas compañías obtengan ingresos considerables que ayudaron a expandir el negocio. De 6% en 2000 a 20% en 2011, el consumo de energías alternativas ha explotado. Sin embargo, el próximo paso puede resultar más difícil.

Energiewende: revolución energética

En 2010 el gobierno alemán anuncio un cambio en su política energética, laEnergiewende, que se traduce como “revolución energética”. La idea es iniciar el cambio de una economía que se vale de energía fósil a otra que se apoya en energías renovables para subsistir. Esta tarea no resultará fácil para un país altamente industrializado como Alemania, especialmente si se tienen en cuenta las metas: planean reducir sus emisiones 40% para 2020 y 80% hacia 2050. Estos objetivos, aunque ambiciosos, parecían posibles porque el país germano ya producía 20% de su energía gracias a centrales nucleares, una energía “limpia” en emisiones. Pero el año pasado, luego de lo ocurrido en Fukushima, la Canciller Angela Merkel decidió cerrar ocho plantas inmediatamente y para 2020 las nueve restantes en funcionamiento se les unirán. La revolución energética, entonces, le dará la espalda a la fuente de energía renovable más importante.

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