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SáBado 21 de abril de 2018
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Economía y Política

El gran dilema: si China invierte, ¿quién pierde?

Durante treinta años, los países ricos han colocado miles de millones de dólares en el gigante oriental. Esa corriente fue clave para uno de los auges más notables de la historia. Hoy su rebote inquieta a EE.UU. y un análisis recientemente difundido explica las razones.

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En efecto, no hizo falta seguir los pasos de Warren Buffett y su fondo Berkshire Hathaway paea advertir que China quiere devolverles favores a las economías centrales. Cabe indagar si la mayor de ellas está dispuesta a aceptar ese gesto así como así.

Repleta de capitales creados por – enormes- superávit comercial y de pagos, dueña de las mayores reservas en el mundo, Beijing comienza a desplegar su riqueza por los cuatro rincones de la Tierra. Esto incluye minas cupríferas en África, explotaciones de hierro en Australia y hasta un proyecto de esquistos gasíferos en el corazón de Texas.

El estudio fue encargado por la Asia Society (Nueva York) y el Centro Woodrow Wilson para Académicos Internacionales (WWCIS, Washington). Entre otras conclusiones, estima que, durante la presente década (2011/20), China podría colocar alrededor de dos billones (millones de millones) de dólares en empresas, plantas o bienes raíces del exterior. Semejante inyección probablemente fomente el crecimiento en Norteamérica y Europa entera.

Pero el informe, entregado a los medios en presencia de Gary Locke, secretario de comercio (eso lo torna en semioficial), también advierte que Estados Unidos puede perder en la carrera por esos flujos. Eso se debería a divergencias políticas, rivalidades y una idea muy arraigada: las inversiones chinas no son bien vistas en la Unión.

“Si no se eliminan interferencias políticas –afirma el trabajo-, peligrarán varias ventajas de esas potenciales colocaciones. Por ejemplo, creación de puestos laborales, consumo o hasta aportes a la renovación de infraestructuras. Todo ello afluirá a nuestros competidores a ambos lados del Atlántico”. Mientras bancos de Wall Street cabildeen en pos de inversiones chinas, esperando réditos, Washington se ve remiso. Como si Barack Obama no hubiese dado la bienvenida a capitales chinos (e indios)
Sin duda, la retórica antichina prospera en el Capitolio y en varios estados. Una inquietud frecuente –obsesiva en el Pentágono- es que las compañías del gigante, parcial o totalmente de propiedad estatal, aprovechen para obtener secretos militares. Otro temor, casi tan poco racional, es que las empresas china adquieran firmas con plantas industriales en EE.UU., las cierren y las muden al reino celeste.

Por supuesto, Beijing ya es una fuerza en los mercados globales. En pocos años, ha prestado miles de millones a naciones en desarrollo o subdesarrolladas. Al mismo tiempo, sus compañías adquirían participaciones minoritarias en “potencias privadas” estilo Río Tinto, Morgan Stanley o Blackstone Group. China, además, pesa en los mercados de deuda. Así, posee alrededor de US$ 1,6 billones en letras del tesoro, una “inversión” que permite mantener bajas las tasas estadounidenses y refinanciar la enorme deuda en títulos emitidos por el país.

No obstante, China –observa el estudio- “sigue siendo un jugador relativamente pequeño en cuanto a inversiones externas directas (IED). Ello abarca compras de papeles con derecho a voto en empresas y bancos, aparte de colocaciones en proyectos inmobiliarios “verdes” en tierras antes no colonizadas. En 2010, las IED totalizaron unos US$ 59.000 millones, contra los 300.000 millones de Estados Unidos. Con Beijing empujando a sus grandes conglomerados a salir al mundo e invertir en activos, recursos y tecnología, su aporte podrá alcanzar pronto US$ 100.000 a 200.000 millones por año.

Pero el lobby antichino del Congreso es fuerte y lo encabeza el senador demócrata Jack Reed (Rhode Island) Esto explica que, en el curso del tiempo, una serie de esquemas haya sido bloqueada por reguladores o atacada por los políticos. Su pretexto es el mismo: China puede penetrar en áreas tecnológicas estratégicas o controlar valiosos recursos naturales, renovables o no.

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