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Ideas y debates |

Ciudades inteligentes
Una aproximación a las tendencias del futuro

Internet de las cosas, interconexión de objetos y de personas, una inconmensurable acumulación de datos, desarrollos tecnológicos que deslumbran. Mientras, la población crece y se acumulan los desafíos que supone el avance implacable de la urbanización. Un tema que convoca a pensadores, estrategas de gobierno y, por supuesto, a empresarios con visión estratégica. Estos y otros temas desarrolla el periodista Leandro Zanoni en su libro Futuro inteligente.

vie 30 de enero de 2015
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2015 Enero Nº1163

Empresas campeonas en internet
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Futuro inteligente aborda las distintas facetas de la urbanización, la innovación y los nuevos paradigmas tecnológicos, y surge como producto de más de un año de investigación periodística. Su origen –dice su autor, Leandro Zanoni– fue la obsesión por entender hacia dónde va el mundo que habitamos. ¿Cuál es el nuevo paradigma tecnológico? ¿Dónde está la innovación actual?
Desde es punto de partida, el autor recorre distintas tendencias que se vislumbran en la sociedad tecnológica que vivimos, y la que vendrá.
Aquí, un extracto del capítulo 4 "Ciudades inteligentes".

Me atrae la idea de pensar a las ciudades modernas como organismos vivos y dinámicos que cambian constantemente su fisonomía y aspecto. Puntos de encuentro que aparecen y desaparecen, se reducen o se expanden. Pero que jamás quedan suspendidas estáticamente en el tiempo por varias razones. Una de esas razones es que cada vez somos más personas.
El crecimiento de la población mundial fue aumentando cada año, pero en los últimos doscientos se produjo una aceleración descomunal. En el año 1800 la población llegaba a mil millones de personas. Pero en el siglo 20 se produjo la revolución demográfica y el número de habitantes creció exponencialmente por causas como mejoras en la alimentación y la higiene, pero, fundamentalmente, gracias a los avances científicos: medicina y tecnología. Varios logros como las vacunas y los antibióticos redujeron la mortalidad infantil y aumentaron la natalidad y la esperanza de vida. Hoy vivimos en promedio unos 70 años, cuando hace cien años el promedio de vida era 45 años, dependiendo la estructura de la población: países, sexo, clase social, educación, etc.
Durante el período que va de 1900 a 1950, la población creció el 53 por ciento, pero en los siguientes 50 años (1950-2000) creció aproximadamente el 141 por ciento. En 1980, es decir hace relativamente muy poco tiempo, éramos 4.000 millones de personas. Pero ya en el año 2000 el número trepaba a 6.000 millones y en la actualidad se calcula que somos más de 7.000 millones y medio de personas.

No solo somos cada vez más. Seremos muchos más en pocos años.

Al impresionante crecimiento demográfico del siglo pasado se sumó otra cuestión que se presenta problemática: el lugar donde vivimos. Hace un siglo, la mayoría de la población vivía en zonas rurales, por fuera de las grandes ciudades.

Pero esa proporción se ha ido invirtiendo en los últimos 50 años y se estima que para 2050, más del 70 por ciento de la población total del planeta vivirá en las grandes áreas urbanas. El flujo es constante. Es decir que estamos al borde de lo que se conoce como superpoblaciones, que es un fenómeno que se produce cuando elevadas densidades de personas conviven en un mismo lugar y, por el agotamiento de los recursos y la capacidad de carga de ese territorio, se produce un empeoramiento en el medio ambiente y en la calidad de vida de los habitantes. Por ejemplo, las grandes urbes actuales consumen el 80 por ciento de la energía total del planeta y causan más del 70 por ciento de la emisión de gases de efecto invernadero. Todo esto sin contar la basura que generan las ciudades cada día y otros inconvenientes económicos, sociales y culturales que se producen por las densidades de poblaciones, como exclusión, desempleo y pobreza.

Las crisis económicas, los problemas ambientales y las revoluciones tecnológicas repercutieron fuertemente en las ciudades, sus edificios y las personas que las habitan. Estamos frente a diferentes tipos de obsolescencias, desde la arquitectura (el deterioro y problemas en las instalaciones edilicias) hasta la social, que involucra a los cambios en las configuraciones de las familias tradicionales y las distintas migraciones masivas.
No quiero ser alarmista pero les tengo malas noticias: cada vez más tendremos más problemas y conflictos complejos dentro de las ciudades. Por lo tanto, el enorme desafío de los Gobiernos, el sector privado y la ciudadanía organizada (el llamado tercer sector) es aportar más y mejores soluciones, sobre todo en servicios claves como transporte, seguridad, educación, comunicaciones y espacios públicos, entre otras áreas. Pero también en cuestiones me­dio­­ambientales, sociales y culturales. Y en todas estas alternativas la tecnología se presenta, sobre todo en los últimos años, como un aliado fundamental e imprescindible para llevar a cabo las tareas de reacomodamiento de las ciudades.

Una ciudad inteligente

Para entender este término, tan de moda en los últimos tiempos, volvamos al significado original de ciudad. Se trata de un espacio urbano donde confluyen intereses sociales con diferentes servicios e industrias.
Durante el nacimiento de la revolución industrial en siglo 19 y sobre todo a partir del siglo 20, las grandes ciudades se pensaron y se diseñaron como puntos de productividad y motores del crecimiento económico, siempre priorizando los negocios. Las ciudades se industrializaron y comenzaron a cambiar su fisonomía rápidamente. La expansión eléctrica favoreció el asentamiento de las periferias, así como también el transporte y el tendido de caminos. Se generaron nuevos espacios públicos y privados, urbanos y suburbanos. Florecen grandes ciudades como Londres, New York, Chicago y Paris, entre otras, íconos del siglo 20. Pero el rápido progreso y la expansión descontrolada fueron dejando de lado aspectos esenciales para una ciudad como su habitabilidad y el confort de sus habitantes.

El siglo 20 arranca con el apogeo de la "ciudad jardín", concepto creado alrededor del 1900 por el urbanista británico Ebenezer Ho­ward, que propuso unir todos los beneficios y ventajas de la ciudad y del campo en un nuevo y mismo espacio territorial. Estas ideas tuvieron su explosión después de la II Guerra Mundial, cuando el avance de las sociedades de consumo ensancharon las ciudades y crecieron las periferias.

Los Estados Unidos se erigieron como potencia mundial, rector de la cultura occidental. El progreso, en aquel entonces, significaba comprarse un auto para poder salir de las aglomeraciones propias de los centros de las grandes ciudades e instalarse con la familia en las periferias. Los hombres cumplían el sueño americano de ser propietario de un pedazo de tierra. La expansión suburbana multiplicó las típicas casas bajas de dos plantas con techos de tejas a dos aguas, idénticas unas con otras. Jardín al frente, garage a un costado y un pequeño patio trasero lindero con el vecino separadas por una medianera de madera. Como la casa de la familia Simpson en Springfield, como tantas miles construidas alrededor de cada una de las ciudades norteamericanas más importantes. Todos pueblos periféricos nuevos unidos por grandes autopistas que hicieron aumentar tremendamente dos cosas: las distancias y la cantidad de automóviles. Al costado de las rutas se esparcieron gigantes centros comerciales (los famosos malls), con tiendas de todo tipo, salas de cines y restaurantes en patios de comidas que se convirtieron en los puntos de encuentro social y económico de las diferentes comunidades.

En otros puntos del planeta, bien lejos y cerca de aquellas ciudades-maquetas de los Estados Unidos, crecieron los asentamientos urbanos producto de las migraciones internas.
La gente siempre va a donde florecen las mejores oportunidades. Es decir, hacia donde hay trabajo. Buenos Aires, Mumbai, México DF, Londres o San Pablo. Cualquier gran ciudad creció exponencialmente en las últimas décadas y eso trajo una batería de problemas nada fáciles de solucionar. Se necesita, cada vez más, que una ciudad sea "inteligente" para resolver sus problemas con la ayuda de la tecnología.

El término está de moda y aparece cada vez con mayor velocidad en las agendas públicas de los gobiernos y las empresas. La materia alcanza transversalmente varias y diferentes especialidades como Innovación, urbanismo, comunicación (social media), economía, seguridad, desarrollo tecnológico, educación y arquitectura.

(...) El aumento de los objetos conectados y la sincronización de los datos y la información que generan en tiempo real con las personas abre nuevos y múltiples escenarios. Ahora es posible obtener información de las comunidades pero también de cada miembro individual de esos grupos. Big Data se traslada al uso urbano para generar nuevas herramientas tecnológicas más inteligentes. "Una ciudad inteligente es la gestión creativa de las ciudades con la última tecnología tanto en el diseño y planeamiento como en la optimización de todo proceso para hacerlas más productivas y ecológicas", explicó Anthony Townsend, especialista en planificación urbana y director de Investigación en el Institute for the Future.

Podríamos definir también a las ciudades inteligentes como aquellas que centran sus objetivos en mejorarle la vida a sus habitantes aprovechando toda la información disponible para tomar decisiones en función de sus necesidades.

¿De qué manera aprovechar la información? Mediante la optimización de los procesos para hacer más eficiente el uso de los recursos usando la tecnología, el diseño, la creatividad y el planeamiento.

Fernando Tomás vive en Zaragoza, tiene 41 años y desde mediados de 2011 edita el blog smartcities.es. Cuando lo consulto para este libro vía e-mail, responde trazando una línea para distinguir la inteligencia de una ciudad con la de sus habitantes: "Me gusta seguir el paralelismo con la definición de conocimiento de una empresa: el conocimiento que posee una empresa es aquel que permanece una vez que todos sus trabajadores se han ido a casa. Me parece muy adecuado pensar que lo que llamamos inteligencia de la ciudad es independiente de la inteligencia de sus ciudadanos.

Así distinguiremos entre la inteligencia de la ciudad y la inteligencia de la ciudadanía".
Si entendemos la inteligencia como la capacidad para obtener mejores resultados del entorno disponible, entonces todas las ciudades se fundan con ciertos rasgos de inteligencia.
Desde sus fundaciones, las ciudades buscan ventajas en la defensa, en el transporte, en la producción de alimentos, que se las otorgan elementos como su posición geográfica o la infraestructura de las que se dotan, basadas en la tecnología disponible (constructiva, hidráulica) al momento de su creación. A partir de ahí, la llegada de nuevas tecnologías con nuevas oportunidades (la revolución industrial, la electricidad, etc.) y el impulso de los ciudadanos fueron sumando mejores procesos, más oportunidades. En definitiva, más inteligencia.

Agrega Tomás: "El propio crecimiento de las ciudades ha traído distintos problemas: de seguridad, de contaminación, de congestión del transporte. etc. La inteligencia de la que se dota la ciudad en el siglo 21 se apoya en las ventajas que las tecnologías de la información y las telecomunicaciones ofrecen para, por un lado, generar nuevas oportunidades económicas y de relación para los ciudadanos y por otro lado, ayudar a solventar los problemas heredados de épocas pasadas. Así definimos una serie de ámbitos de impacto como la eficiencia energética, la habitabilidad, el medio ambiente, la movilidad, que consideramos que tienen que ser tenidos en cuenta por una ciudad que se llame a sí misma inteligente.

–¿Y qué rol juega la tecnología?

–Fundamental porque gracias a las nuevas posibilidades de interacción que otorgan las comunicaciones, Internet, las redes Wi-Fi públicas, la proliferación de smartphones, el ciudadano tiene la oportunidad de ponerse en el centro de todo este proceso. Entonces, para concluir: hoy llamamos ciudad inteligente a aquella que mediante un uso intensivo de las Tecnologías de la Información y las comunicaciones es capaz de aprovechar los datos que produce en su funcionamiento diario para la generación de información útil que mejore la calidad de vida y la competitividad de la misma, con la participación y colaboración de todos los agentes presentes en la ciudad (administración, empresas, ciudadanos).

–¿Y el papel del ciudadano?

–Nuestra definición de inteligencia de ciudad, implica infraestructuras, procesos adecuados de captación, análisis y proceso de datos y políticas abiertas de participación. A partir de ahí, queda en manos de los regidores y de los propios ciudadanos (de la inteligencia de la ciudadanía) los logros a los que llevar a la ciudad. La componente de formación y de capacidad es indispensable para obtener los mejores resultados.

Diferentes modelos

Hasta el momento se conocen dos grandes modelos de ciudades inteligentes. Por un lado están aquellas que van adaptando su infraestructura (Santiago de Chile, Río de Janeiro, dos faros a seguir en nuestra región) y otras que se planifican y se construyen de cero, a modo de prototipos.
Songdo, en Corea del Sur, es una de estas últimas. Ocupa seis kilómetros cuadrados y aseguran que comenzará a estar lista para ser habitada a partir de 2015. Queda a unos 60 kilómetros de Seúl y para su construcción ya se invirtieron más de 40.000 millones de dólares. Entre los avances tecnológicos que presenta la nueva ciudad encontramos que, por ejemplo, la basura de 60.000 personas se levanta y se transporta automáticamente a su lugar de reciclaje.

También cada vivienda y empresa de Songdo tendrá instalada una pantalla plana para comunicarse con los principales centros de asistencia.

Otra de las ciudades piloto es Masdar, ubicada en Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Árabes y que junto a Dubai, es la cuna de la enorme riqueza que genera los llamados petrodólares, el dinero que desde mediados de los 70 el mundo le paga por el petróleo que ellos venden. En octubre de 2013 viajé hasta Abu Dhabi a un evento de una empresa tecnológica. Nunca había visto tanto lujo concentrado en una misma zona. Enormes y modernos hoteles de diseño futurista, anclados en el medio del desierto donde hace muy pocos años no había más que médanos de arena y camellos. Al costado de las rutas por donde van y vienen los últimos modelos de autos de alta gama se esparcen altísimas torres de edificios de vidrio de formas extrañas. El lujo reemplazó al árabe como el idioma oficial de Abu Dhabi. Mientras que las mujeres locales caminan por la calle tapadas hasta los ojos, en los shoppings las mujeres occidentales y chinas millonarias suben y bajan por escaleras mecánicas de oro para ir a comprar carteras y zapatos de diez mil dólares a Louis Vuitton, Prada o Gucci.

Los encargados del proyecto prometen que Masdar será íntegramente digital y ecológica. La ciudad del carbono cero, la llaman. El proyecto arrancó formalmente en 2006 por iniciativa del jeque Mohammed Bin Zayed, diseñado por el prestigioso estudio de arquitectura británico Foster & Partners y financiado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y Masdar, la empresa de energía limpia. El objetivo principal hasta el momento es que la misma ciudad pueda producir su propia energía (solar) y se autoabastezca.

En lo que era un desierto, se espera generar una población de al menos 50.000 habitantes y que ninguno de ellos viva a más de 200 metros del transporte público, a diferencia del resto de la zona donde el crecimiento de la ciudad no se tuvo en cuenta en su planificación inicial.

Pero hasta el momento los primeros resultados de la "eco-ciudad" artificial no fueron los esperados y varios analistas aseguran su rotundo fracaso. Una ciudad sin habitantes es una maqueta a escala real. Nadie planifica mudarse a vivir a un lugar donde no haya otras personas. La construcción de comunidades y de núcleos urbanos son elementos claves para el funcionamiento de una ciudad. Elementos que no se tuvieron en cuenta al momento de pensar la zona libre de dióxido de carbono. Pero en Masdar no se preocupan demasiado.

Gracias al petróleo en la zona, en Abu Dhabi tienen mucho dinero y barriles de petróleo para sentarse a esperar. Solo en la primera etapa del proyecto se invirtieron 15.000 millones de dólares y las cabezas del proyecto confían en que tarde o temprano, la gente habitará la zona.

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