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Vida y Estilo

El derecho a decidir

Una gran organización feminista en EE.UU. hace campaña para que la FDA no levante la prohibición al implante mamario de siliconas ahora que se ha demostrado que ni mata ni provoca enfermedades graves. Amity Shlaes reivindica el derecho a elegir.

lun 20 de octubre de 2003
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En los próximos meses la Food and Drug Administration analizará nuevamente el grado de riesgo para la salud que implica el implante mamario de siliconas. En el transcurso de este mes un panel designado por el organismo recomendó que se permitiera el uso de dichos implantes luego de una prohibición que duró diez años.

La perspectiva de restituir a las mujeres la posibilidad de decidirse a favor o en contra del implante de siliconas enfureció a la National Organization for Women que, en el mes de julio, llamó a una conferencia de prensa en la cual reclamó a la FDA que demore la revisión acerca de la seguridad de ese procedimiento.

Se trata de una batalla que comenzó hace 15 años. En aquel momento, miles de mujeres se hacían implantes de siliconas, o bien para aumentar el busto o para reconstruirlo luego de la extracción de un tumor maligno. Más tarde algunas enfermaban, a veces de dolencias peligrosas. Se escucharon entonces muchas acusaciones a los implantes. Sin pruebas contundentes, comenzaron a circular historias horrorosas que dieron lugar a un nuevo tipo de multimillonarias demandas judiciales.

La FDA prohibió el uso rutinario de los implantes y reprendió públicamente a la American Medical Association por publicar un informe que admitía el uso de siliconas. La prohibición, luego se vio, tuvo consecuencias no deseadas. La primera fue que las mujeres en perfecto estado de salud que estaban empeñadas en agrandarse el busto tuvieron que aceptar implantes salinos, considerados más artificiales y de inferior calidad. La segunda fue negar - al menos oficialmente - a miles de mujeres operadas de mastectomías la posibilidad de una reconstrucción con siliconas. Muchas de esas mujeres - opina Amity Shlaes en el New York Times - perdieron el acceso a un producto que les habría devuelto su apariencia natural.

Pero en los años ´90 cada vez más mujeres se hicieron esos implantes. Para 2002 el número de operaciones para agrandamiento del busto se había multiplicado en Estados Unidos seis veces en una década. En cuanto a las candidatas a la reconstrucción - unas 74.000 en 2002 - ellas y sus médicos se veían obligadas a descubrir formas de conseguir siliconas.

Luego se supo que los implantes mamarios de siliconas, como los salinos, sí causaban algunos problemas. Se movían, se endurecían y se volvían incómodos. También se rompían y luego de unos 10 años habían que reemplazarlos. Pero lo último que se averiguó en los ´90 fue que ni mataban a nadie ni tampoco desencadenaban enfermedades serias. En Gran Bretaña, al Royal College of Surgeons los liberó de toda culpa. En Estados Unidos, el Institute of Medicine hizo lo mismo.

Este consenso científico explica por qué el panel asesor acaba de recomendar a la FDA que considere permitir el acceso a los implantes. También dice que Inamed, la actual fabricante de esas prótesis, debe educar intensivamente a las consumidoras.
La posición de la Shlaes es la siguiente: en la vida hay muchas experiencias o conductas peligrosas: alpinismo, carreras de motos, salto en alto, etc. Sin embargo, todas son vistas como aceptables.

Es cierto, también, que se puede decir que los cirujanos y fabricantes de implantes pueden actuar motivados por un interés financiero. Pero lo mismo puede decirse de los dueños de un hotel en la montaña o de los fabricantes de motos. ¿Por qué entonces impulsar la prohibición de algo que no parece ser más que una opción riesgosa? Hacerlo significaría decir que las mujeres no están preparadas para tomar grandes, o peligrosas, decisiones. Como eso no es cierto, hay que concluir que optar por las siliconas es un derecho como todos los demás.



En los próximos meses la Food and Drug Administration analizará nuevamente el grado de riesgo para la salud que implica el implante mamario de siliconas. En el transcurso de este mes un panel designado por el organismo recomendó que se permitiera el uso de dichos implantes luego de una prohibición que duró diez años.

La perspectiva de restituir a las mujeres la posibilidad de decidirse a favor o en contra del implante de siliconas enfureció a la National Organization for Women que, en el mes de julio, llamó a una conferencia de prensa en la cual reclamó a la FDA que demore la revisión acerca de la seguridad de ese procedimiento.

Se trata de una batalla que comenzó hace 15 años. En aquel momento, miles de mujeres se hacían implantes de siliconas, o bien para aumentar el busto o para reconstruirlo luego de la extracción de un tumor maligno. Más tarde algunas enfermaban, a veces de dolencias peligrosas. Se escucharon entonces muchas acusaciones a los implantes. Sin pruebas contundentes, comenzaron a circular historias horrorosas que dieron lugar a un nuevo tipo de multimillonarias demandas judiciales.

La FDA prohibió el uso rutinario de los implantes y reprendió públicamente a la American Medical Association por publicar un informe que admitía el uso de siliconas. La prohibición, luego se vio, tuvo consecuencias no deseadas. La primera fue que las mujeres en perfecto estado de salud que estaban empeñadas en agrandarse el busto tuvieron que aceptar implantes salinos, considerados más artificiales y de inferior calidad. La segunda fue negar - al menos oficialmente - a miles de mujeres operadas de mastectomías la posibilidad de una reconstrucción con siliconas. Muchas de esas mujeres - opina Amity Shlaes en el New York Times - perdieron el acceso a un producto que les habría devuelto su apariencia natural.

Pero en los años ´90 cada vez más mujeres se hicieron esos implantes. Para 2002 el número de operaciones para agrandamiento del busto se había multiplicado en Estados Unidos seis veces en una década. En cuanto a las candidatas a la reconstrucción - unas 74.000 en 2002 - ellas y sus médicos se veían obligadas a descubrir formas de conseguir siliconas.

Luego se supo que los implantes mamarios de siliconas, como los salinos, sí causaban algunos problemas. Se movían, se endurecían y se volvían incómodos. También se rompían y luego de unos 10 años habían que reemplazarlos. Pero lo último que se averiguó en los ´90 fue que ni mataban a nadie ni tampoco desencadenaban enfermedades serias. En Gran Bretaña, al Royal College of Surgeons los liberó de toda culpa. En Estados Unidos, el Institute of Medicine hizo lo mismo.

Este consenso científico explica por qué el panel asesor acaba de recomendar a la FDA que considere permitir el acceso a los implantes. También dice que Inamed, la actual fabricante de esas prótesis, debe educar intensivamente a las consumidoras.
La posición de la Shlaes es la siguiente: en la vida hay muchas experiencias o conductas peligrosas: alpinismo, carreras de motos, salto en alto, etc. Sin embargo, todas son vistas como aceptables.

Es cierto, también, que se puede decir que los cirujanos y fabricantes de implantes pueden actuar motivados por un interés financiero. Pero lo mismo puede decirse de los dueños de un hotel en la montaña o de los fabricantes de motos. ¿Por qué entonces impulsar la prohibición de algo que no parece ser más que una opción riesgosa? Hacerlo significaría decir que las mujeres no están preparadas para tomar grandes, o peligrosas, decisiones. Como eso no es cierto, hay que concluir que optar por las siliconas es un derecho como todos los demás.

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