SáBado 16 de noviembre de 2019
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Tras la detención el pasado viernes del alto prelado Nunzio Scarano, acusado de fraude y corrupción, renunciaron ayer el director general, Paolo Cipriani, y el vicedirector, Massimo Tulli. El papa decidió descabezar el banco del Vaticano para, de facto, ponerlo bajo sus órdenes. 
Perspectiva
Al cabo del año inicial de su mandato, el gobierno de la Alianza se encuentra, desde cierto punto de vista y en materia económica, como cuando estaba a punto de asumir: los desafíos son prácticamente los mismos y ­blindaje financiero mediante­ un puñado de argumentos alimenta la ilusión de afrontarlos con posibilidad de éxito. No es ésa, sin embargo, una perspectiva alentadora para el gobierno. Porque si los desafíos son los mismos, significa que durante un año los deberes no se hicieron o ­por las razones que fueren­ se hicieron mal. Un nutrido conjunto de factores explica esa percepción de fojas cero: la delicada situación fiscal heredada, que obligó a nuevos y duros ajustes que terminaron alejando la posibilidad de una salida de la recesión; las dificultades del gobierno para encontrar rápidamente consensos dentro de la coalición oficialista; los problemas para articular consensos con la oposición, dada la atomización del liderazgo dentro del Partido Justicialista; las expectativas poco optimistas de la mayoría de los empresarios; los sucesivos aumentos de las tasas de interés dispuestos por la Reserva Federal de Estados Unidos, que agravaron la situación fiscal; la sostenida revaluación del dólar (y, con ella, la del peso), que limitó aun más la competitividad internacional de los productos argentinos; la depresión de los precios internacionales de los productos agropecuarios; y la crisis política generada a partir del escándalo del Senado, que se cobró las renuncias del vicepresidente de la Nación, varios ministros y autoridades legislativas, y erosionó gravemente la confianza interna y externa. Algo es seguro: el 2001 no podrá parecerse al 2000. La escalada de conflictos sociales y la inminencia de las elecciones de renovación parlamentaria acortan necesariamente los tiempos de todos. Acaso, más que la posibilidad de la reelección presidencial, lo que esté en juego sea la gobernabilidad del período 2001-03.
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